sábado, 17 de octubre de 2026


🤠 EL ÚLTIMO SHERIFF

La última ley de los muertos

Dicen que hay pueblos donde la muerte no es suficiente para descansar.

La tormenta llevaba décadas azotando aquellas calles desiertas. Nadie recordaba ya el nombre del pueblo, ni cuántas almas habían quedado enterradas bajo sus cenizas.

Pero cada noche, cuando el reloj del viejo salón marcaba la medianoche, un jinete regresaba de entre los muertos.

Llevaba un sombrero negro, dos revólveres y una placa oxidada sobre el pecho.

Era el último sheriff.

Frente al salón lo esperaba una mujer vestida de negro y rojo. Habían muerto juntos la noche en que el pueblo ardió, víctimas de una maldición nacida de una sola bala negra.

Desde entonces, ninguno de sus habitantes había conseguido abandonar aquel lugar.

Hasta aquella noche.

La mujer depositó la bala sobre una mesa. Las sombras de los muertos comenzaron a despertar, rodeando al sheriff.

Él desenfundó lentamente su revólver.

No buscaba venganza.

Solo quería cumplir la última promesa que había hecho en vida.

Un destello iluminó el salón. La bala se convirtió en cenizas y, por primera vez en décadas, la tormenta comenzó a desaparecer.

Cuando amaneció, dos figuras cabalgaban juntas hacia el horizonte.

En mitad de la calle quedó una placa oxidada, medio enterrada en el barro.

El pueblo ya no necesitaba un sheriff.

Y los muertos, por fin, podían descansar.




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