Un universo de leyendas oscuras, fantasía, misterio y ciencia ficción. Relatos originales nacidos de mundos audiovisuales, donde cada imagen esconde una historia y cada historia abre las puertas a lo desconocido.
Dicen que hay pueblos donde la muerte no es suficiente para descansar.
La tormenta llevaba décadas azotando aquellas calles desiertas. Nadie recordaba ya el nombre del pueblo, ni cuántas almas habían quedado enterradas bajo sus cenizas.
Pero cada noche, cuando el reloj del viejo salón marcaba la medianoche, un jinete regresaba de entre los muertos.
Llevaba un sombrero negro, dos revólveres y una placa oxidada sobre el pecho.
Era el último sheriff.
Frente al salón lo esperaba una mujer vestida de negro y rojo. Habían muerto juntos la noche en que el pueblo ardió, víctimas de una maldición nacida de una sola bala negra.
Desde entonces, ninguno de sus habitantes había conseguido abandonar aquel lugar.
Hasta aquella noche.
La mujer depositó la bala sobre una mesa. Las sombras de los muertos comenzaron a despertar, rodeando al sheriff.
Él desenfundó lentamente su revólver.
No buscaba venganza.
Solo quería cumplir la última promesa que había hecho en vida.
Un destello iluminó el salón. La bala se convirtió en cenizas y, por primera vez en décadas, la tormenta comenzó a desaparecer.
Cuando amaneció, dos figuras cabalgaban juntas hacia el horizonte.
En mitad de la calle quedó una placa oxidada, medio enterrada en el barro.
El pueblo ya no necesitaba un sheriff.
Y los muertos, por fin, podían descansar.
miércoles, 14 de octubre de 2026
LA MUJER QUE TEJÍA LA LUZ
Nadie recordaba cuándo había llegado al pueblo.
Algunos aseguraban haberla visto vagando por el bosque mucho antes de que las campanas comenzaran a sonar solas durante la noche. Otros juraban que había aparecido una mañana, sentada junto al viejo camino, con su vestido negro, su rostro pálido y aquellos ojos enormes que parecían contemplar cosas invisibles para los demás.
Nunca hablaba con nadie.
Cuando caía la noche, sin embargo, salía de su escondite y levantaba lentamente las manos.
Entonces aparecían ellas.
Pequeñas luces doradas surgían de la oscuridad, cientos de luciérnagas que acudían a su llamada. Pero no revoloteaban al azar, como los insectos que danzaban sobre los campos durante el verano.
Obedecían.
La mujer movía los dedos y las luces se alineaban, entrelazándose unas con otras hasta formar largas cadenas luminosas. Las guiaba por el aire como una tejedora que conociera los secretos de un telar invisible. Con un gesto podía elevarlas sobre los tejados; con otro, hacerlas descender hasta rozar la tierra.
Y allí donde pasaban, la oscuridad retrocedía.
Durante mucho tiempo, los habitantes contemplaron aquel prodigio desde sus ventanas. Nadie se atrevía a preguntarle quién era ni de dónde procedía aquel poder.
Hasta que una noche, algo llegó desde el bosque.
Primero desaparecieron los animales. Después, las puertas comenzaron a abrirse solas y unas sombras imposibles se deslizaron por las calles. No tenían rostro, y sus cuerpos parecían hechos de la misma negrura que se extendía entre los árboles.
Las luces de las casas se apagaron una tras otra.
El pueblo quedó a merced de aquellas criaturas.
Entonces, en medio de la plaza, apareció la mujer.
Por primera vez, todos pudieron verla con claridad.
Alzó los brazos y las luciérnagas acudieron en una marea dorada. Las pequeñas luces se enlazaron formando cadenas que giraban a su alrededor, obedeciendo cada movimiento de sus manos. La mujer las extendió por las calles, sobre los tejados y alrededor de las casas.
Las sombras retrocedieron.
Ella continuó tejiendo.
Cada movimiento de sus dedos multiplicaba los hilos luminosos. El cielo se llenó de arcos dorados y las fachadas resplandecieron como si miles de estrellas hubieran descendido sobre el pueblo.
Las criaturas intentaron resistir, pero aquella luz las envolvió hasta hacerlas desaparecer en la noche.
Cuando todo terminó, los habitantes salieron de sus casas.
El pueblo seguía en pie.
Las cadenas doradas flotaban todavía sobre sus cabezas, y por primera vez en mucho tiempo nadie sintió miedo de la oscuridad.
Buscaron a la mujer para darle las gracias.
Pero ya no estaba.
Solo quedaba una pequeña luz suspendida en el centro de la plaza. Se movía lentamente, como si esperara una señal que nunca llegaba.
Al amanecer, también desapareció.
Desde entonces, cuando la noche se vuelve demasiado oscura y una pequeña luz dorada aparece entre los árboles, los ancianos cierran las ventanas y hacen una reverencia.
No por miedo.
Sino porque recuerdan una antigua advertencia:
La oscuridad no teme a quienes llevan una luz en las manos. Teme a quienes saben convertirla en un arma.